Siempre admiré a Ortega y Gasset, incluso lo sigo haciendo ahora cuando ya no está, pero me hizo mucho daño en su momento. En ese momento, cuando publiqué "Hacia un saber sobre el alma", sentí como si una bala hubiese atravesado mi alma en un alarde de superioridad. En ese momento me sentí irremediablemente traicionada por mi maestro, así como el niño lloroso tras un grito de reprimenda. Sus palabras, pesadas como el acero, me hirieron de gravedad, pues me acusó, impertérrito, de haber intentado, o logrado, superarle. ¿Cómo, si todos mis escritos partían de sus enseñanzas? ¿Cómo, si solo dije lo que pensaba? ¿Significaba aquello que estaba preparada? Nunca lo supe. Lo único que sé es, que en ese momento, empecé a andar intelectualmente sola.
Y andando sola llegué a Alfonso y, con él, a Cuba hasta que volvimos a España a defender aquella libertad arrebatada por la violencia, siempre, en mi no tan humilde opinión, injustificada. Y al perder la guerra marché, en un lluvioso mes de Enero, junto a hombres y mujeres (y a Machado) la frontera a Francia bajo un ambiente de inaplacable duelo por la España perdida.
El exilio me dió libertad de pensar, así como Picasso voló libre fuera de España. Y gracias al fuego ardiente de la esperanza que me descubrió Ortega, resistí en ese angustioso destierro. Sin él mi vida no sería vida, así como el alba no se concibe sin la noche, yo no concibo mi vida sin exilio.
Equiparo el alba a mi vida, porque son equiparables. Reflexiono sobre la luna, como reflexiono sobre la vida. La luz del alba tiene en su interior oscuridad, asimismo, la luz de la vida también.
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